Babaji Sibananda era un sadhu en busca del ser que acostumbraba a sentarse día tras día frente al sagrado Ganges, y cuya presencia a nadie dejaba indiferente. Sus ojos eran sorprendentemente hermosos y elocuentes y su sentido del humor, contagioso. Era el vivo ejemplo de quien es feliz desde el desprendimiento. Se tenía a sí mismo y gozaba de un gran sosiego. Era un sabio, uno de aquellos que ha desarrollado el entendimiento correcto y que combina la sabiduría de la mente con la del corazón. Sin embargo, jamás se hizo pasar por un liberado-viviente ni se proclamó como alguien especial. Siempre insistió en que los más grandes yoguis permanecían ocultos, sin querer darse a conocer, sin hacer giras mundiales, sin buscar protagonismo ni fundar ashrams o acumular discípulos sin fin.
Era sabio, porque sabía ver en lo profundo de las cosas y conducir su sabiduría a la vida de cada día, siendo humilde y accesible, combinando la práctica de la meditación con el devenir cotidiano, sabiendo ser de todos y de nadie en demasía, estando en este mundo sin estar en él. Era un sabio con la misma naturalidad que la luna se refleja en las aguas del lago o la flor exhala su aroma, sin pretenderlo y ni mucho menos querer manifestarlo, con esa grandeza de los verdaderos sabios, que sabe estar sin estar, que parecen conectados con lo Inmenso aún cuando se rían a carcajadas, saboreen un humeante té o se queden mirando absortos el infinito.
Sus pensamientos más íntimos se han publicado con el título que él había elegido para ellos: «El Misterio del Planeta».
El Misterio del Planeta
