Fue un importante maestro espiritual hindú del siglo XX perteneciente a la corriente de pensamiento védico vedānta. Nace en 1879 con el nombre de Venkataraman Ayyar, en una pequeña aldea llamada Tiruchuzhi, cerca de Madurai, en el sur de la India. Su padre era juez de profesión y murió cuando el joven Ramana tenía apenas 12 años. A raíz de este acontecimiento, y debido a la enorme desolación que inundó a toda la familia, Venkarataman fue enviado a vivir con su tío. Allí estudió en el prestigiosos colegios como el Scoot´s Middle School y la American Mission Hight School.
A los dieciséis años, oyó a alguien mencionar la colina Arunachala. Aunque él no sabía el significado de la palabra (es el nombre de una colina sagrada asociada a la divinidad hindú Shivá), sólo oír este nombre causó un impacto en él. Desde joven, mostró un espectacular interés por la literatura religiosa. Por aquel entonces se hizo con una copia del Periyapuranam, de Sekkilar, un libro que describía las vidas de los santos shivaítas, quedó totalmente enganchado. Poco después de que esta obra llegara a sus manos, Ramana vivió una experiencia que marcaría un antes y un después en su vida. A mediados de 1896 (a los 17 años), de repente, tuvo su primera experiencia sobrenatural: tuvo el fuerte presentimiento de que se iba a morir y se tumbó en el suelo para entregarse a ello. Cerró los ojos con todas sus fuerzas y sintió cómo su cuerpo se moría, aunque él estaba consciente. En aquellos instantes, tuvo la certeza de que él no era el cuerpo, sino el alma, de que su yo verdadero estaba mucho más allá de su apariencia física, de sus pensamientos y sentimientos. Tal y como él afirmó “El terrible impacto del miedo a la muerte hizo que mi mente se dirigiera hacia adentro y me dije ¿Qué significa todo esto?, ¿qué es lo que muere?”.
A partir de ese momento, Ramana no volvió a percibirse nunca como una persona aislada, aferrada a los velos de la materia y a los caprichos de la mente.
En agosto de 1896, cogió unas pocas monedas y lo abandonó todo, para dirigirse hacia los pies de Arunachala, la montaña sagrada al sur de Madrás que, desde pequeño, le había fascinado. Allí vivió en completo silencio y desapego, meditando siempre.
Pasados 10 años, había alcanzado una paz tal que muchas personas empezaron a acercarse. Surgieron así los primeros discípulos, que se fueron multiplicando rápidamente. Ellos le pusieron el nombre de Sri Ramana Maharshi.
En el año 1922, sus seguidores decidieron construir un ashram a las faldas del Arunachala, un ashram que tuviera la capacidad de acoger a miles de visitantes. Allí Ramana vivió y compartió el día a día con todos los buscadores de la verdad que quisieron acercarse. Entregado por completo, era sin embargo un hombre reservado, que no pronunciaba más que unas pocas palabras al día. Dicen que enseñanza más poderosa fue el silencio.
Muchos de los allí presentes pudieron comprobar cómo, de ése silencio, emergía un poder inconmensurable que aquietaba la mente y el espíritu. Pasar unos instantes al día en ese silencio colmaba por completo el corazón.
Ramana Maharshi había alcanzado ese estado de manera espontánea, pero era consciente de que no todo el mundo podía lograrlo de la misma forma. Por eso recomendó el camino de la autoindagación del alma, o atma vichara, donde el buscador focaliza su atención continuamente en la pregunta “¿Quién soy yo?” (la base de la actividad mental), con el fin de encontrar su origen.
Esa simple cuestión que al principio requiere esfuerzo, formulada muchas veces a lo largo del día, disolvería todas las falsas creencias y apegos que nos mantenían atados al sufrimiento. Vemos, pues, que el sendero espiritual que recomendó Ramana Maharshi estaba exento de dogmatismos. Ramana creía en las palabras del Mandukia upanishad que dice: «Aiam atma brahma» (‘el alma es Dios’).
Además, nunca aconsejó abandonarlo todo para recogerse en el espíritu. Por el contrario, instó a sus discípulos a transitar por las diferentes experiencias mundanas como actores que interpretan un personaje, actores que contribuyen al bien de la humanidad, en mitad de la vida, pero que están tremendamente conectados con su Ser verdadero.
En 1949 se le detectó un tumor maligno en el brazo izquierdo. Sus seguidores quedaron muy preocupados desde entonces, pero él estaba completamente tranquilo. Nunca se identificó con la enfermedad ni con el dolor de su cuerpo. Murió de cáncer en abril de 1950, a los 70 años de edad.
Ramana Maharshi dejó muy poco escrito, pero sembró una huella indeleble en la historia de la espiritualidad. Gracias a él, muchas personas conocieron la paz y la verdad en el corazón. Hoy en día, el ashram de Sri Ramana Maharshi continúa abierto para todo aquel que quiera visitarlo.
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